D. Alfonso. (Por Juan Carlos Naharro)

23.07.2013 08:26

"QUERIDO D. ALFONSO"

(Por Juan Carlos Naharro)

Discurría el año 1968 cuando a Miravete llegó el nuevo cura párroco. Cuando D. Eurico se retiró, fue sustituído por un tal D. Luis, cuya estancia fue tan breve, como polémica y conflictiva con algunos colectivos del pueblo.

El nuevo y joven cura, de nombre D. Alfonso Bernal Gómez, procedía del Norte (creo que de Palencia) se instaló en la “casa del cura” (lo que hoy es la casa de Carmen y Felipe) y no tardó en calar hondo en los corazones de todos los vecinos. Su labor pastoral (objetivo para el cual había llegado a nuestro pueblo) fue complementada con una extraordinaria labor social sin precedentes en Miravete. Rápidamente se ganó la confianza y el afecto de mayores, adultos, jóvenes y niños sin excepción alguna. De personalidad afable, simpática y cercana, su objetivo era promover el bien para todos los que en esos momentos vivíamos en Miravete. Transcribo unas palabras suyas que él mismo escribió en una revista que editó con motivo de las Fiestas de 1970: “los únicos móviles que he tenido siempre entre vosotros han sido la gloria de Dios y vuestro bien. Siempre me ha movido esto en mis relaciones con jóvenes y mayores, con niños y adultos y en todo lo que con todos se ha organizado dentro y fuera de la Iglesia”.

Antes de continuar con el relato sobre este extraordinario personaje, voy a dar unas pinceladas sobre la que era la vida cotidiana en Miravete en aquél 1970, siempre desde el lejano recuerdo que de aquella época pueda actualmente tener, pues entonces yo era un niño de apenas 10 años, por lo que de antemano pido disculpas por la falta de rigor que pudiera haber en algunos datos y detalles.

Aunque ya se había  iniciado hacía algunos años la sangría de la emigración a “la capital”, el pueblo contaba con una población aceptable de unos (estimo) 400 habitantes, una escuela unitaria de unos 50-60 niños distribuídos por sexo (ellas en la escuela de Doña Mari y ellos en la de Don Julián), distintos establecimientos comerciales: el Bar de tío Justino, la taberna “Belén” y su tienda de ultramarios, el Bar la Chispa y su tienda de ultramarinos, el comercio de Nicolás Gómez, la carnicería de tío Flaviano o la Barbería de Juan Fernández. Pero, como antes dije, la emigración estaba despoblando Miravete y en general las zonas rurales en busca de trabajo en la industria de las metrópolis, en detrimento del sector agrícola-ganadero, hasta entonces sustento económico de la mayoría de las familias de las poblaciones rurales.

Para una mejor comprensión del desarraigo social y emocional que el fenómeno de la emigración causó en la sociedad, me permito relatar mi experiencia a este respecto. Cuando mis hermanos mayores habían agotado las posibilidades educativas que la escuela del pueblo les podía ofrecer, sin otras opciones formativas ni laborales, mis padres se plantearon la cuestión, concluyendo que la única alternativa posible era la de que mi madre se marchara a Madrid con la mayoría de mis hermanos para buscar salidas laborales y continuar su formación, y que mi padre mantuviera su plaza de cartero permaneciendo en el pueblo. Yo, que entonces era un niño de unos 10 años, fui el elegido para quedarme en el pueblo a hacer compañía a mi padre. La familia quedaba dividida entre quienes nos quedamos y quienes tuvieron que marcharse. La felicidad de la familia reunida para pasar las maravillosas vacaciones de verano, contrastaba con la enorme tristeza que suponía ver partir a mis hermanos hacia Madrid cada final de verano para enfrentarme a un nuevo y largo otoño-invierno en Miravete. Sin embargo, quedaban mis amigos, los de la infancia, que son los que dejan huella imborrable en tu vida; y junto a ellos, el amigo de todos, el nuevo cura, D. Alfonso.

Entrando de lleno ya en la obra social realizada por D. Alfonso en el pueblo, recuerdo, en primer lugar, como organizó a los jóvenes para crear el Club Juventud. Les transmitió un entusiasmo y les inculcó la motivación necesarias para ponerse “manos a la obra”, ellos elaborando con los medios mas básicos el mobiliario y enseres necesarios; ellas se encargaban de la limpieza y decoración, y todos con su modesta cuota contribuían al pago del alquiler, la compra del tocadiscos y los discos de vinilo en sus formatos L.P. y single. Inicialmente se instaló en lo que hoy es la casa de tío Ceferino para mas tarde pasar a ser en lo que había sido el casino, salón de baile y cine. Aún me vienen al recuerdo las melodías musicales de la época producto de la perfecta conjunción entre el tocadiscos de aguja y los discos de vinilo de 33 y 45 r.p.m.

Los mas pequeños no teníamos permitida la entrada y mirábamos con envidia sana la felicidad de los mayores; de vez en cuando nos colábamos y, cuando conseguíamos que la chica que nos hacía “tilín” bailara contigo una “lenta”, venía el “mayor” de turno y nos echaba a la calle.

Pero D. Alfonso, ajeno a nada y sensible a todo, si había conseguido la integración y la felicidad para los jóvenes, el colectivo infantil no iba a ser menos. Así que pronto el “Club Infantil” fue una realidad. Habilitó la escuela de párvulos, ya en desuso, dotándola de juegos infantiles de mesa, libros, tebeos, cuentos, etc., donde pasábamos hermosas tardes de entretenimiento y diversión. Después vinieron las excursiones: una vez al Pico. Como los medios materiales y económicos eran escasos, por no decir inexistentes, organizó la expedición de unos 30 niños de una curiosa forma. Nos dividió en 2 grupos. El primero de los grupos debería subir andando por las Cruces hasta la antigua N-V (ya se encargaba él de que fuéramos con precaución, porque entonces la carretera estaba activa y aunque no mucho, algo de tráfico había). Al segundo de los grupos los fue trasladando en varios portes con su propio vehículo modelo “Gordini” años  70 desde el punto de partida en el pueblo hasta el punto de encuentro en la N-V. Este segndo grupo que había hecho el 1º tramo en coche, debería  subir Cordel arriba hasta lo alto del puerto, mientras que el 1º grupo que había subido andando por las Cruces, le tocaba ahora montar en el Gordini de D. Alfonso hasta el Puerto. Y desde aquí todos juntitos ataviados de mochila, tortilla y botella de agua escalando hasta lo alto del Pico. ¡Qué día mas feliz nos hizo pasar a todos!. Se metía en el papel de niño, participaba en nuestras fantasías, era partícipe en nuestros juegos, era uno más, y así le veíamos como un amigo más. No sé como lo hizo pero consiguió unos prismáticos para que, en organizados turnos visionáramos el maravilloso panorama que se divisa desde el pico de Miravete.

La segunda de las excursiones que recuerdo fue mas “fashion”. Con el microbús de “Ramiro” (Romangordo) organizó una visita al Monasterio de Yuste y la Vera. Tenía la habilidad de aunar formación con diversión, cultura con recreo, visita al Monasterio con primer baño en las gargantas de la Vera. Faltaban aún años para construirse la piscina en Miravete, así que os podéis imaginar que forma de disfrutar aquellos niños que probablemente gozaban de su primer baño.

Estas actividades, que con la perspectiva actual puede parecer algo muy básico, extrapolado al contexto de la época tenía un mérito y un valor extraordinario: para un niño que se desenvolvía en la rutina cotidiana de los límites de su pueblo, sin otras posibilidades de conocer algo nuevo, estas actividades eran verdaderos acontecimientos en sus vidas.

También recuerdo cómo nos implicaba en las tareas de la Iglesia. Además de iniciar una actividad catequista, robándole una tarde de escuela a la semana a D. Julian para darnos la  clase de religión, estableció un sistema de modestas retribuciones de  una peseta para que, como monaguillos ayudáramos en las misas que él celebraba, de forma tal que no había una sola misa en la que no contara con al menos dos asistentes.

También buscó el bien de otros colectivos, pero es ahí donde mi memoria, después de mas de 40 años, no alcanza a recordar. En lo que se refiere a infraestructuras acometió una reforma estructural de la Iglesia que se encontraba en un estado precario.

Las fiestas de Agosto de 1970 fueron inigualables. Tras años de decadencia en los que, casi llegaron a desaparecer, él se encargó de recuperarlas. Para ello editó (¿he dicho editó?), en realidad fue el editor, guionista, diseñador, mecanógrafo, reportero, publicista, impresor y distribuidor de una revista que hizo llegar a todos los naturales de Miravete vivieran dentro o fuera del pueblo. Ingente labor que incluía la recopilación de direcciones de los emigrados, para convencerlos de que visitaran su pueblo durante esas fechas. A todos les llegaría por correo la revista de su pueblo y muchos de ellos atendieron la llamada de D. Alfonso viniendo a pasar esos días al pueblo, hecho que hizo resurgir las fiestas de Agosto y dio origen al reencuentro anual entre de todos los miraveteños: los residentes y los ausentes desplazados.

Dice un fragmento de un artículo que en dicha revista escribe bajo el epígrafe “Carta abierta para todos”: “Presiento que Dios mira cada vez mas contento a Miravete: No me gusta ser utópico, pero miro el porvenir con optimismo. Sé que nos queda mucho por hacer, pero preveo generaciones responsables y siento que Miravete un día será más próspero, humano y más cristiano”.

Y relaciono este mensaje premonitorio con el hecho de que, no mucho tiempo mas tarde (en 1973) se pusieron las primeras piedras para la construcción de la Central Nuclear de Almaraz. Ya me le estoy imaginando, de haber estado entre nosotros, recorriendo despachos y forzando entrevistas con el fin de obtener recursos que contribuyeran a la prosperidad para Miravete a una industria cuya actividad, perjudicando por igual a muchos municipios del entorno con independencia de la mayor o menor inmediatez geográfica, sólo benefició a uno, quedando migajas para el resto.

Podría hurgar aún mas en mi memoria, y recordaría mas ejemplos de la bondad de este hombre, de su magnífica labor pero creo que, para quien no le conoció, con lo que estoy contando puede hacerse una idea.

Pero las historias bonitas no siempre tienen un buen final. Estando un día en la escuela, D. Julian fue avisado para atender una llamada telefónica. Para sus alumnos era motivo de alegría el que el maestro fuera a atender una llamada de teléfono desplazándose hasta su casa, pues ello suponía una pausa y el consiguiente e inesperado recreo. Sin embargo aquél día no había alegría entre los niños de la escuela. A alguien, ante la prolongada espera del regreso de D. Julian, le había llegado la información de que D. Alfonso había sufrido un accidente de tráfico, aunque ninguno quisimos pensar en algo grave. Cuando D. Julian regresó y nos hizo volver a ocupar nuestros pupitres en la escuela nos dio la noticia: D. Alfonso ha muerto. El llanto al unísono de mas de 30 niños al recibir esta noticia reflejaba en duelo que sentíamos por la muerte de una persona a la que tanto queríamos y que tanto se había hecho querer. Nunca supe ni quise saber cómo ocurrió, lo cierto es que un trágico accidente con su “Gordini” puso fin a su vida.

Su desaparición supuso la de una parte importante de su obra: el club infantil no tardó en cerrar, también el club juvenil, si bien la tenacidad e iniciativa de generaciones posteriores de jóvenes lograron su refundación y mantenimiento por bastantes años después. Lo que jamás desapareció ni, creo, desaparecerá es su legado: la bondad y generosidad que D. Alfonso derrochaba dejó una huella tan profunda que estoy seguro de que todos los que, como yo, tuvieron la gran suerte de conocerle y lean este relato no rebajarán el reconocimiento que de su  persona  yo he querido plasmar.

Muchas gracias D. Alfonso.