Aquellos maravillosos años en Casas de Miravete (por Luis Moreno Moreno)

23.08.2013 14:05

Aquellos maravillosos años en Casas de Miravete

(por Luis Moreno Moreno)

El viernes 16 de agosto de 2013, aprovechando la celebración de las Fiestas de verano y merced a la idea de José Javier Gómez y Javier Moreno, nacida tomando ambos unas cañas el día anterior, nos reunimos para felicitarnos por los - más o menos - cincuenta años que un grupo de hombres y mujeres ya hemos cumplido y recordar lo que fue nuestra infancia en Casas de Miravete.

Nos congratulamos todos de la feliz iniciativa y decido, con la premura que conlleva juntarnos a cenar esta misma noche, escribir algo que sirva a modo de guión para, entre todos los reunidos, recordar esos años: los de la infancia, única patria verdadera, sin mixtificaciones - que dijo alguien - de cualquier persona. Infancia que deseo enmarcar no sólo dentro del ambiente de la escuela, con ser fundamental, sino en el otro más amplio donde se desenvolvía nuestra vida en el pueblo.

Nacimos - cuando todavía se nacía en Casas de Miravete - en los primeros años 60 del pasado siglo (1961, 62, 63) y entre finales de esa década y mediados de los 70 (1975, 76, 77) transcurrió nuestro paso por la Escuela.

¿Qué decir de aquellos años? Fueron de cambios transcendentales en nuestro país, los felices 60, pero que en el pueblo se manifestaban unidos a unas formas de vida y de economía podríamos decir que seculares.

Era una economía basada en la agricultura y en la ganadería, desarrollada con herramientas de toda la vida: el arado, la hoz, la guadaña, el pico y el azadón; instrumentos que extraían muy bien el sudor de los cuerpos de nuestros padres y abuelos, como ellos claramente saben y sabían.

Estaba el paso del tiempo unido en perfecta complicidad con las distintas estaciones y sus tareas: el otoño con la sementera; el invierno con la recolección de la aceituna y la matanza del cerdo; la primavera con la eclosión de las cosechas de cereales y la siembra de los huertos; el verano con la siega y la trilla de las mieses.

Era una vida la de nuestros padres y abuelos, dura y austera, de trabajo constante, sin vacaciones: sólo pensaban en un porvenir mejor para sus descendientes.

Nosotros, dentro de este ambiente, como niños que éramos, crecimos sin embargo en una realidad mucho más cómoda y feliz que la de nuestros predecesores. Así sucedió, con todas las carencias - de las cuales nunca fuimos conscientes - que pudiéramos tener, pequeñas en comparación con otras no tan pretéritas.

¿Por qué? Porque eran los años del inicio del consumismo de nuestro país, alejadas ya las penurias que éste había padecido hasta bien avanzados los años 50. Años de optimismo y de crecimiento: de ellos disfrutamos nosotros.

¿Cómo reflejar el mundo de colores, de olores, de nuevas percepciones en general, al que accedíamos entonces los niños?

¡Qué gran invento el de la televisión, que informó toda nuestra infancia! Somos hijos de la televisión.

Aquella televisión en blanco y negro de la carta de ajuste, que interrumpía la emisión hasta determinada hora de la tarde y de la que estábamos pendientes con ansiedad hasta que la reiniciaba. Lo hacía con nuestra programación favorita: "Antena Infantil", con Locomotoro, el Capitán Tan, el tío Aquiles y compañía; dibujos animados y marionetas; "Flypper" y "Tarzán".

Los domingos veíamos "El Virginiano" o "Daniel Boone" durante la sobremesa. Nos encantaba "Bonanza", con el zurdo de la pistolera en el muslo izquierdo.

Veíamos también los deportes, el cine de tarde de los sábados, incluso "Novela" y el teatro de "Estudio 1". Esquivábamos muchas veces, como podíamos, el rombo o los dos rombos de las programaciones recomendadas para ser vistas a partir de los 14 o 18 años respectivamente, tal era nuestra curiosidad por todo lo que salía en pantalla.

La televisión era nuestra pasión.

Los juguetes eran ya otro mundo. Junto con los tradicionales (la peonza, la comba) aparecieron otros nuevos y variados, de materiales, colores y características nunca imaginados: muñecas de la "Srta. Pepis" y "Nancy", vaqueros e indios, soldados, coches y camiones (a veces con pilas), construcciones, muñecas que "hablan", juegos reunidos "Geyper", fusiles, pistolas, cromos de todo tipo, etc...

Jugábamos en la calle todo el día cuando no estábamos en clase: en la plaza, en la fuente, en el "corral" de las Escuelas, en Guadiana, en todos sitios. En invierno con barro, en verano con polvo en nuestras ropas, en calles sin encementar, de piedra y de tierra. Todo nos servía: las piedras, aunque fueran para tirárnoslas a la cabeza y hacernos "piteras", esporádica y peligrosa afición felizmente extinguida; el barro en invierno para hacer construcciones, juguetes y bolindres (no canicas); la tierra seca en verano para arrojárnosla unos a otros dentro de bolsas.

Por esas calles transitábamos habitualmente en medios de locomoción tan ecológicos – antes de existir tal palabra – como el burro, el mulo, el caballo y ¡la bicicleta! Eran más numerosos los tres primeros.

Si no teníamos bastante con las calles nos íbamos al campo: paseábamos, cogíamos nidos y espárragos, hacíamos chozos, estropeábamos acaso algún sembrado corriendo entre las mieses en flor de la primavera.

Estábamos muy unidos a nuestra naturaleza más inmediata y en la misma desarrollábamos nuestras fantasías más universales, ya fuesen de hadas y princesas, de piratas, de espadachines o de pistoleros. ¡Ah! Y también ayudábamos en los trabajos cotidianos de nuestros padres.

¿Y la Escuela? Nuestro centro de trabajo. ¡Qué recuerdos! Primero, la de párvulos, por mejor nombre conocida como la de los "Cagones", con doña Mari Puga, aquella maestra tan seria, jugando con plastilina y rompecabezas. Luego, la de los "Mayores", con don Julián y doña Mari. Muy representativa de aquellos años fue doña Puri, una joven maestra sustituta durante algún tiempo, moderna y colorista, que fumaba y creo que conducía su propio coche.

Y con la Escuela viene a la memoria una retahíla, no exhaustiva, de lo que fueron iconos de nuestro universo infantil:

• El olor de la tiza, la pizarra, los lápices de colores, la "Cartilla" donde aprendimos a leer y a escribir, los libros de los dos primeros cursos llenos de color y de cuentos. Después, los libros de "Álvarez", tan bien hechos, tan pedagógicos, de Matemáticas, Lenguaje, Religión y Unidades Didácticas.

• El afán por que tuviéramos una buena base de matemáticas y de lenguaje; la ortografía, el dictado, el ejercicio de redacción; el Quijote como libro de lectura fundamental; sumar, restar, multiplicar, dividir; los quebrados, los conjuntos; la literatura y las ecuaciones en los últimos cursos.

• "Los niños de Casas de Miravete son los mejores, saben de esto o de lo otro más que muchos estudiantes de la Universidad". Escuela Unitaria de Niños (maestro); Escuela Unitaria de Niñas (maestra); Mixta desde 1971 con niños y niñas. Todos los cursos en el mismo aula. La Educación Primaria; la E.G.B.

• En la escuela no hacía frio (brasero) ni calor (ventanas abiertas); disciplina, castigos; educación de la tribu ("¡eh,tú! Luisito, vete a por tabaco para tío tal"); respeto a través del "usted" a mayores, padres y abuelos; peleas y reconciliaciones; juegos (fútbol, escondite, ruleta, comba, pídola).

• La Primera Comunión; todos los domingos a misa; "los calvotes" del 1º de noviembre, la Nochebuena, los Reyes, la Semana Santa, el mes de mayo; don Alfonso; el traje de los domingos.

• Pan con chocolate para merendar; tío Eufrasio gruñendo porque hacíamos portillos al saltar la pared de su era para recoger el balón; los "retretes" de niños y niñas en callejas separadas; aprender francés; comer chicha y pan, pámpanos y moras.

• La carretera general; de paseo al Rodeo y a la fuente de la Pedrea los domingos; los turistas extranjeros; los coches extranjeros; los camineros.

• Días de otoño e invierno: "monotonía de la lluvia en los cristales", como decía el poeta. Primavera: "¡de paseo, de paseo!", gritos de nuestra primera e inocente manifestación estudiantil cuando llegaban los maestros, que conllevaba ocasionalmente, con suerte, el paseo o un partido de fútbol en el "Regüelo" por las tardes.

• Junio: las notas. Aprobamos. ¡Qué alegría, las vacaciones de verano, tan largas! Siestas interminables leyendo tebeos, jugando con las muñecas. Los "madrileños". La era. Escuchamos música y bailamos, cuando podemos colarnos en el Club Juvenil. Baño esporádico en la poza de algún huerto. Saltamos, corremos, brincamos, vamos todos los días a la carretera. Tomates, higos, melones y sandías. Las Fiestas.

Lo dejamos aquí; habría para un libro. "Quizá otro cantará con mejor pluma".

Pasan los años: 1º, 2º, 3º, 4º, 5º, 6º, 7º, 8º: Acabamos la Escuela, vamos al Instituto, a F.P., a la Laboral. Tenemos ganas de cambiar de vida, hemos superado "lo de la escuela", ya somos mayores, pensamos.

Pasaron más años. Y más. Y nuestros recuerdos vuelven a la Infancia, a la Escuela, a Casas de Miravete. Y resulta que añoramos aquella infancia con un cariño especial.

Y, acaso por todo lo dicho, nos sentimos felices porque Casas de Miravete haya dado el nombre de "Las Escuelas" a su actual Centro Cultural. Ubicado en lo que fuera el edificio de aquellas Escuelas de las que hablamos, rinde homenaje permanente a todas las generaciones de maestros y alumnos que pasaron por sus aulas.

¡Ojalá que nuestros hijos lleguen a recordar la infancia con la alegría habitual con la que todos los reunidos este día recordamos la que tuvimos! Que sepan por nosotros que somos –yo creo que para bien – lo que somos gracias a haber crecido en este pueblo con aquellos valores de esfuerzo y de respeto que nos inculcaron nuestros mayores.

Luis Moreno Moreno

Casas de Miravete

16 de agosto de 2013